Nacional 30 octubre 2026 16 min de lectura

El entrenador manda. ¿Pero quién lidera?

Un equipo puede ganar sin confiar en el entrenador. Puede obedecer sin creer. Puede tener a los mejores jugadores y no llegar a ser nunca verdaderamente un equipo. ¿Qué influencia deja un entrenador en las personas a las que lidera?

Un equipo puede ganar sin confiar en el entrenador. Puede obedecer sin creer. Puede tener a los mejores jugadores y no llegar a ser nunca verdaderamente un equipo. En el deporte celebramos los títulos, discutimos las decisiones y analizamos los resultados al segundo. Pero hay una pregunta que rara vez nos hacemos: ¿qué influencia deja un entrenador en las personas a las que lidera?

Cuando un equipo conquista un título, sabemos quién marcó los goles, quién dio las asistencias, quién paró los penaltis y quién tomó las decisiones decisivas. Conocemos los sistemas tácticos, las estadísticas y los momentos que marcaron el resultado.

Pero, ¿qué sabemos de las relaciones que sostuvieron ese logro?

¿A quién se escuchó cuando atravesaba dificultades? ¿Quién perdió espacio y siguió sintiéndose importante? ¿Quién encontró confianza cuando ya no creía en sí mismo? ¿Y quién tuvo el valor de decirle al entrenador lo que no quería oír?

Es curioso cómo podemos analizar un partido al segundo y, muchas veces, no dedicar ni un minuto a comprender a las personas que lo hacen posible.

Quizá porque es más fácil medir el resultado que evaluar la calidad del liderazgo.

El deporte tiene una relación inevitable con la victoria. Competir implica buscar ganar, y un entrenador debe responder por los objetivos que asume. Pero cuando el resultado se convierte en el único criterio de evaluación, corremos el riesgo de confundir competencia técnica, éxito competitivo y capacidad de liderazgo.

Un entrenador puede conquistar títulos mediante la imposición y el miedo. Otro puede desarrollar atletas, construir una cultura colectiva y promover la autonomía sin alcanzar el mismo reconocimiento competitivo.

Ganar no lo prueba todo. Perder no lo invalida todo.

Los títulos muestran lo que un equipo ha conquistado. No revelan necesariamente cómo llegó hasta allí, qué impacto tuvo en las personas ni qué quedó después.

Y es precisamente en esa diferencia donde empieza la verdadera discusión sobre el liderazgo.

La autoridad da poder. La confianza da influencia.

Un entrenador tiene autoridad porque ocupa una posición jerárquica. Decide quién juega, quién se queda en el banquillo, cómo se entrena y qué comportamientos quiere desarrollar.

Esa autoridad es necesaria. Ningún equipo funciona sin organización, disciplina y responsabilidad.

Pero tener autoridad no significa conquistar el liderazgo.

Un jugador puede cumplir una instrucción por miedo a las consecuencias, sin creer de verdad en ella. Puede aceptar una decisión por obligación, sin reconocer justicia en la forma en que se tomó.

La obediencia se puede imponer. El compromiso hay que construirlo.

El liderazgo transformacional, desarrollado a partir de los trabajos de James MacGregor Burns y Bernard Bass, ayuda a comprender esta distinción. Liderar no consiste solo en establecer tareas, controlar comportamientos y recompensar resultados. Implica influir con el ejemplo, inspirar un propósito común, estimular el pensamiento y reconocer las necesidades individuales.

Joel Rocha, en el libro Ser Treinador — A Conceção de Joel Rocha no Futsal, escrito con Tiago Guadalupe, asocia la credibilidad del líder a la coherencia entre lo que exige y lo que practica. La exigencia empieza en quien lidera y solo gana legitimidad cuando encuentra correspondencia en el ejemplo.

Nuno Dias mostró otra dimensión de esta responsabilidad cuando, tras conquistar el Sporting el tetracampeonato nacional en 2024, llevó a su cuerpo técnico a la rueda de prensa, valorando públicamente la aportación de los profesionales que trabajan lejos de los focos.

Jorge Braz, cuya trayectoria en la selección nacional ha sido analizada también por Tiago Guadalupe, permite reflexionar sobre un liderazgo sustentado en la confianza, la genuinidad y la construcción de una identidad colectiva que supera el protagonismo individual.

Son experiencias distintas, pero convergen en una idea: el líder no necesita ser el centro permanente de las miradas. Necesita crear las condiciones para que los demás también puedan crecer.

La verdadera prueba de la influencia no está solo en lo que los jugadores hacen delante del entrenador, sino también en los comportamientos que mantienen cuando él no está.

El jugador que no juega también forma parte del equipo

Quizá una de las formas más reveladoras de evaluar un liderazgo sea observar cómo se trata a quienes tienen menos protagonismo.

Es fácil reconocer a quien marca el gol decisivo, elogiar al mejor jugador o mantener una buena relación con quien participa con regularidad.

Más difícil es preservar el compromiso de quien entrena todos los días y sigue en el banquillo.

¿Qué ocurre cuando ese jugador pregunta por qué no juega?

¿El entrenador se refugia en la autoridad? ¿Evita la conversación? ¿Responde con promesas vagas? ¿O explica los criterios que sustentan la decisión?

En el libro de Joel Rocha y Tiago Guadalupe se presenta una conversación en la que un atleta intenta comprender qué necesita mejorar para ganar más oportunidades. En lugar de prometer minutos, el entrenador empieza por transmitir confianza e identifica aspectos concretos del rendimiento que se pueden trabajar.

La decisión se mantiene, pero el jugador recibe un camino para evolucionar.

Este enfoque se acerca a los principios de negociación de Roger Fisher y William Ury: separar a las personas de los problemas, comprender los intereses en juego y recurrir a criterios objetivos.

Nuno Dias también ha abordado la importancia de distinguir la relación personal con los atletas de la responsabilidad funcional del entrenador. Una decisión puede ser deportivamente necesaria y, al mismo tiempo, decepcionar a quien la recibe.

Un entrenador no tiene que hacer felices a todos los jugadores. Pero debe procurar que ninguno deje de sentirse respetado por una decisión que lo decepcionó.

La comunicación se convierte, por eso, en mucho más que la transmisión de instrucciones.

Explicar no es simplemente justificar una decisión una vez tomada. Es hacer comprensibles los criterios, escuchar las dudas y asumir la responsabilidad de lo que se decide.

El atleta puede seguir insatisfecho. Pero hay una diferencia profunda entre discrepar de una decisión y perder la confianza en quien la tomó.

Lo mismo ocurre en las organizaciones. Un empleado que no es ascendido puede aceptar mejor la decisión cuando conoce los criterios e identifica oportunidades de desarrollo.

En ambos contextos, el liderazgo se revela no solo en la capacidad de decidir, sino también en la forma en que se comunican esas decisiones.

El talento individual no garantiza inteligencia colectiva

Hay equipos que parecen reunir todas las condiciones para ganar y, aun así, no consiguen transformar la calidad individual en rendimiento colectivo.

Tienen talento, recursos, instalaciones y cuerpos técnicos competentes. Pero les falta algo que no se resuelve simplemente fichando mejores jugadores.

Rui Lança, en la obra Como Formar Equipas de Elevado Desempenho, aborda precisamente esta cuestión a través del concepto de inteligencia colectiva.

El autor identifica siete dimensiones fundamentales: conciencia del contexto, visión y estrategia compartidas, alineamiento colectivo, información compartida, liderazgo situacional, proactividad y flexibilidad cognitiva en las relaciones.

En el fútbol sala, esta realidad se manifiesta de forma permanente.

Un equipo no defiende bien solo porque tenga buenos defensores. Necesita reconocer los mismos estímulos, ajustar las coberturas, comunicarse e interpretar colectivamente los momentos del juego.

Tampoco ataca bien solo porque reúna jugadores técnicamente evolucionados. Necesita transformar movimientos individuales en ventajas colectivas, reconocer espacios y entender cuándo debe acelerar o controlar el ritmo.

Un equipo no se vuelve colectivo por vestir la misma equipación. Se vuelve colectivo cuando sus jugadores aprenden a pensar más allá de sí mismos.

Es en esta dimensión donde se encuentran la organización, la comunicación y el liderazgo.

El trabajo de Nuno Dias en el Sporting permite reflexionar sobre la importancia de la continuidad de los principios colectivos, incluso cuando cambian los jugadores y las exigencias competitivas.

En la selección nacional, la trayectoria de Jorge Braz evidencia la relevancia de construir una identidad compartida entre atletas que, a lo largo de la temporada, representan a clubes y contextos diferentes.

Y la experiencia de Joel Rocha, desde estructuras técnicas más reducidas hasta organizaciones de mayor tamaño, muestra cómo el crecimiento de un proyecto también exige aprender a delegar responsabilidades.

El denominador común no es un único estilo de liderazgo.

Es la capacidad de articular competencias diferentes en torno a un objetivo compartido.

La inteligencia colectiva no significa que todos piensen igual. Significa que las diferencias individuales contribuyen a mejorar la calidad de las decisiones.

Un equipo donde nadie cuestiona nada puede parecer disciplinado. Pero también puede estar perdiendo capacidad crítica.

El silencio de un grupo no es necesariamente señal de acuerdo. Y la ausencia de conflicto no significa que exista confianza.

Un líder necesita crear las condiciones para que las personas puedan presentar ideas, reconocer errores y participar en la resolución de los problemas sin miedo a ser menospreciadas.

El mejor liderazgo desarrolla autonomía, no dependencia

Durante un partido, el entrenador observa, interpreta e interviene. Puede pedir un tiempo muerto, cambiar la organización defensiva o introducir nuevas soluciones ofensivas.

Pero no puede decidir por todos los jugadores en todo momento.

Cuando el balón circula, son los atletas quienes tienen que reconocer ventajas, interpretar al rival y encontrar respuestas.

Un equipo demasiado dependiente de las instrucciones del banquillo puede mostrar dificultades precisamente cuando el juego exige rapidez, creatividad y autonomía.

El liderazgo situacional, abordado también por Rui Lança, ayuda a comprender que personas y momentos distintos exigen formas distintas de intervención.

Hay situaciones en las que el atleta necesita orientación directa. Otras en las que necesita acompañamiento. Y otras en las que la mejor decisión del entrenador es dejar que pruebe, se equivoque y aprenda.

Delegar no es renunciar al liderazgo. Es confiar en que el trabajo realizado permite a los demás asumir responsabilidades.

Pero esa confianza exige aceptar que no todas las decisiones serán perfectas.

Un entrenador que intenta controlarlo todo de forma permanente puede acabar limitando la capacidad de decisión de los propios jugadores.

Y un equipo que solo funciona cuando alguien le dice qué hacer difícilmente habrá desarrollado toda la autonomía necesaria para competir al más alto nivel.

Esta reflexión va más allá del deporte.

En las empresas, la concentración excesiva de las decisiones en una sola persona puede volver la organización lenta y dependiente. El verdadero desarrollo ocurre cuando el conocimiento circula y los empleados adquieren capacidad para resolver problemas.

El objetivo de quien lidera no debe ser hacerse indispensable en todas las decisiones.

Debe ser construir un equipo capaz de seguir funcionando, aprendiendo y evolucionando sin depender permanentemente de su intervención.

La exigencia no da derecho a humillar

Durante mucho tiempo, la imagen del entrenador autoritario se confundió con la de un líder fuerte.

La voz alta, la confrontación permanente y la imposición por miedo se interpretaban con frecuencia como signos de disciplina y control.

Pero el miedo no es sinónimo de respeto.

Un jugador puede cumplir instrucciones por miedo a fallar, esconder dudas para no ser criticado y evitar riesgos para no exponerse ante el grupo.

El equipo puede mostrar obediencia y, al mismo tiempo, perder creatividad, iniciativa y confianza.

Esto no significa que liderar sea agradar a todos.

El alto rendimiento exige disciplina, corrección de errores, responsabilización y capacidad para tomar decisiones difíciles.

Pero hay una diferencia fundamental entre confrontar un comportamiento y atacar la dignidad de una persona.

La exigencia busca mejorar comportamientos. La humillación debilita a las personas.

Un entrenador puede corregir con firmeza sin menospreciar. Puede dejar a un jugador en el banquillo sin hacerle sentir inútil. Puede exigir más sin recurrir a la intimidación.

La cercanía no elimina la autoridad. La empatía no reduce la ambición. Y reconocer dificultades individuales no significa renunciar a los objetivos colectivos.

El liderazgo exige precisamente esa capacidad de conciliar dimensiones que, a primera vista, pueden parecer contradictorias.

Ser firme y saber escuchar. Ser exigente y reconocer el esfuerzo. Asumir decisiones y aceptar críticas.

Un líder que nunca reconoce un error transmite la idea de que la autoridad está por encima de la responsabilidad.

Y ese puede ser uno de los mensajes más perjudiciales para cualquier organización.

La tenacidad se revela cuando desaparece la victoria

En el deporte, palabras como resiliencia, superación, actitud y mentalidad ganadora se han convertido en parte habitual del discurso.

Pero la capacidad de afrontar dificultades no nace de frases motivacionales.

Exige preparación, aprendizaje, recursos psicológicos y condiciones que permitan responder a la adversidad.

Jorge Silvério, psicólogo del deporte, aborda la tenacidad como una dimensión relevante para comprender la persistencia y la capacidad de afrontar obstáculos en el rendimiento deportivo.

Esta reflexión resulta especialmente importante cuando analizamos el liderazgo.

¿Qué hace un entrenador después de tres derrotas consecutivas? ¿Cómo reacciona cuando un jugador falla un penalti decisivo? ¿Qué ocurre cuando los objetivos parecen cada vez más lejanos?

¿Busca culpables? ¿Lo cambia todo de forma impulsiva? ¿Minusvalora el trabajo realizado? ¿O intenta comprender los problemas y encontrar soluciones?

La tenacidad no significa fingir que nada nos afecta. Significa seguir actuando con propósito cuando las dificultades son reales.

Tampoco significa insistir siempre en la misma solución.

Persistir en un objetivo puede exigir cambiar métodos, reconocer errores y adaptar estrategias.

Nuno Dias ya ha reflexionado públicamente sobre la necesidad de distinguir el resultado de la calidad del rendimiento, reconociendo que no todo es positivo en una victoria, igual que no todo es negativo en una derrota.

Esta distinción es fundamental para cualquier entrenador.

Una victoria puede esconder problemas importantes. Una derrota puede revelar aspectos positivos del proceso competitivo.

El resultado debe analizarse, pero no puede sustituir al análisis.

La victoria no debe impedir el aprendizaje. La derrota no debe destruir la confianza.

La forma en que el entrenador reacciona a las dificultades influye en la interpretación que los jugadores hacen de esas experiencias.

Cuando el líder asume responsabilidades, mantiene criterios y busca soluciones, contribuye a una cultura en la que el error puede reconocerse y utilizarse como instrumento de mejora.

Y es también aquí donde la tenacidad se distingue de la terquedad: seguir comprometido con un objetivo sin dejar de cuestionar el camino.

Y quien lidera, ¿quién lo ayuda?

Hay una pregunta que rara vez nos hacemos.

¿Quién cuida del entrenador?

Le exigimos que sea competente, estratega, comunicador, motivador, emocionalmente equilibrado y capaz de tomar decisiones bajo presión.

Esperamos que transmita serenidad cuando el equipo pierde confianza, que encuentre respuestas cuando desaparecen los resultados y que sea capaz de comprender las dificultades de todos.

Pero el entrenador también es una persona.

También afronta dudas, desgaste, frustración y problemas que no desaparecen cuando entra en el pabellón.

El liderazgo no elimina la condición humana de quien lo ejerce.

La psicología del deporte ayuda a comprender que la capacidad de afrontar la presión no debe confundirse con la invulnerabilidad.

Ser fuerte no significa no necesitar nunca ayuda. Y ser líder no significa tener que soportarlo todo en soledad.

Las organizaciones también tienen responsabilidades en este proceso.

No basta con exigir resultados. Hay que crear las condiciones para que el rendimiento sea sostenible, valorando el apoyo, el aprendizaje y la colaboración entre profesionales.

Una estructura que exige respuestas de forma permanente, pero no ofrece condiciones a quien tiene que encontrarlas, puede comprometer aquello que pretende alcanzar.

Quizá esta sea una de las mayores paradojas del liderazgo deportivo: esperamos que el entrenador comprenda las necesidades de todos, pero no siempre hay alguien disponible para comprender las suyas.

El legado que no aparece en las clasificaciones

Existe una forma distinta de evaluar a un entrenador.

En lugar de observar solo lo que conquistó durante su paso por un equipo, podríamos preguntar qué quedó después de su salida.

¿Se volvieron más autónomos los jugadores? ¿Mantuvo la organización sus principios de trabajo? ¿Desarrollaron competencias los colaboradores? ¿Resistió al cambio la cultura construida?

Ninguna de estas preguntas sustituye la importancia de los resultados competitivos.

Pero todas ayudan a comprender la profundidad de la influencia ejercida.

El legado de un entrenador no está solo en los trofeos.

Está también en el atleta que aprendió a asumir responsabilidades. En el joven que ganó confianza para decidir. En el jugador que comprendió la importancia del colectivo incluso cuando no fue utilizado. En el colaborador que desarrolló competencias para liderar a otros.

Las reflexiones de Joel Rocha, Nuno Dias y Jorge Braz permiten observar distintas dimensiones de la exigencia, la organización, la confianza y la identidad colectiva.

La aportación de Rui Lança ayuda a comprender cómo las competencias individuales pueden articularse a través de la inteligencia colectiva.

Y la perspectiva de Jorge Silvério añade la importancia de la tenacidad y de la dimensión psicológica ante la adversidad.

Son aportaciones distintas a una cuestión común: ¿qué distingue a quien dirige un equipo de quien de verdad lo lidera?

No existe una fórmula universal.

Cada contexto competitivo, cada grupo y cada persona exigen capacidad de interpretación y adaptación.

Pero hay un principio que no debería desaparecer ante la presión de los resultados: las personas no pueden reducirse al rendimiento que producen.

Un atleta no deja de tener valor porque falló un penalti. Un entrenador no pierde automáticamente todas sus competencias porque perdió un campeonato. Y un equipo no se vuelve necesariamente extraordinario solo porque conquistó un título.

El deporte exige victorias. Pero también forma personas, desarrolla comportamientos y deja huellas que superan la duración de una temporada.

Ahí es donde el liderazgo revela una dimensión que ninguna clasificación consigue explicar por completo.

Al fin y al cabo, ¿quién lidera?

Es fácil hablar de respeto cuando todos están de acuerdo. De confianza cuando nadie falla. De unión cuando se gana. Y de valores cuando no hace falta tomar decisiones difíciles.

El verdadero desafío aparece cuando un jugador cuestiona una decisión, cuando un colaborador discrepa, cuando el equipo pierde confianza o cuando el propio entrenador se da cuenta de que se equivocó.

Es en esos momentos cuando el liderazgo deja de ser discurso.

Los valores no se revelan en lo que decimos cuando todo va bien. Se revelan en lo que hacemos cuando sería más fácil actuar de otra manera.

Quizá por eso necesitemos cambiar algunas de las preguntas que hacemos sobre los entrenadores.

No solo cuántos títulos conquistaron, sino qué personas ayudaron a desarrollar.

No solo quién jugó, sino cómo fue tratado quien se quedó en el banquillo.

No solo quién tomó las decisiones, sino quién logró desarrollar autonomía para que otros también decidieran.

No solo cómo ganó, sino lo que dejó cuando se fue.

Porque, al final, el verdadero impacto de un líder puede no estar en el momento en que levanta un trofeo, sino en la forma en que alguien recuerda su influencia muchos años después.

Y es aquí donde una reflexión sobre el liderazgo encuentra su sentido más humano.

«Liderar es inspirar, cuidar y escuchar. El mayor triunfo de ser líder no es ser admirado, sino ser recordado por haberle hecho bien a alguien.»

Quizá sea esta la medida que olvidamos con más frecuencia.

Un entrenador puede ser recordado por los resultados que alcanzó. Pero la influencia de un líder también permanece en la confianza que ayudó a construir, en las responsabilidades que enseñó a asumir y en la forma en que transformó la vida de aquellos a quienes orientó.

Y, ante todo esto, queda una última pregunta:

Si mañana dejaras de tener el cargo, ¿las personas seguirían respetándote, confiando en ti y siguiendo el ejemplo que dejaste?

Porque la autoridad puede terminar en el momento en que se abandona el banquillo.

El liderazgo, cuando es verdadero, puede continuar mucho después de que el entrenador salga del pabellón.

Por Carlos Simões